Llegan estas fechas y, ¡ay!, inevitablemente, el
apetito, o quizás la necesidad, de hacer regalos se multiplica (y otras
rarezas, como la de cantar canciones ya muy amortizadas, comer
productos casi hidrófobos, o acicalarse con cuernos de reno). Esta explosión de
la demanda también caracteriza la industria juguetera, para la que el periodo navideño genera más del 70% de la facturación
anual. Es importante, por lo tanto, que en este momento en el que nos abandonamos
a la irracionalidad, asimilada erróneamente a la ilusión y a los buenos
sentimientos, intentemos ajustar nuestro comportamiento de consumidores para
que la RSE pueda tener un papel más relevante en el mundo del juguete.
Ante todo, deberíamos dar más trascendencia a
cuestiones de calidad y seguridad que muchas veces obviamos y que son, sin
duda, prioritarias. Deberíamos valorar, también, el impacto medioambiental de
productos que, por su propia naturaleza, suelen tener una vida limitada,
y no sólo considerando su proceso de fabricación o los materiales utilizados,
si no también el lugar de su elaboración. Hoy China produce, a través de más de 4
millones de personas, el 80% de los juguetes que se consumen en el mundo, y no
es difícil entrever las repercusiones generadas en términos de condiciones
laborales, materiales y procesos de elaboración utilizados, y logística de
trasporte necesaria.
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| http://www.flickr.com/photos/dfuster74/7236714314/ |
El juguete juega, sin duda, un
papel esencial en nuestros hábitos ulteriores de consumo, así como en las relaciones
sociales que establecemos y en nuestros referentes culturales. Si somos,
en parte, los juguetes con los que hemos jugado, creo que éstos deben incorporar mejor
los desafíos medioambientales y sociales presentes. Sólo así serán una verdadera apuesta de futuro.




