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Un mes después de la finalización, no sin cierta desazón, de la Conferencia de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible, apodada Rio+20, parece que es
necesario incluir en la debacle, la Responsabilidad Social
Empresarial.
Digo debacle, o fracaso, el hecho de que ni tan siquiera en un contexto en el que
se apelaba a las buenas intenciones (y mejores propósitos), se recurriera a la
RSE como posible solución, elemento de
respuesta, o incluso mero instrumento de diversión, en la visión del
“futuro que queremos”.
La Declaración de Rio+20 sólo menciona una vez la RSE, en el párrafo 46 de los 283 con los que cuenta el
documento final de la conferencia.
Concretamente, se indica: “
…Apoyamos los marcos de política y normativos nacionales que permiten a las
empresas y la industria promover iniciativas de desarrollo sostenible, teniendo
en cuenta la importancia de la responsabilidad social de las empresas …”.
Excelente, la mención elimina casi de un plumazo una de las características
principales de la RSE, su voluntariedad.
El escaso protagonismo otorgado
a la RSE, así como a las empresas, constituye una buena prueba de su falta de
credibilidad, me temo que en este caso de manera sostenible y duradera.
Si la visón común de los
representantes de nuestros países, no hace un mayor hincapié en que las empresas
deben asumir plenamente sus responsabilidades sociales y medioambientales, y
que deben cumplir con la necesidad de crear valor para (toda) la sociedad, habrá , puestos a elegir otro mal juego de palabras, que preocupa(rse). Éste será
el hilo conductor de las reflexiones que quisiera recoger en este blog.
